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Si encierras a alguien en una habitación durante años con montones de folios nuevos y algunos lápices, es muy probable que termine siendo un excelente ilustrador o un poeta esencial (nada de novela o proyectos elevados: cuando nadie espera nada, no elabora estrategias a largo plazo). En cuanto a estas dos opciones, en la segunda es necesario que el encerrado haya aprendido a escribir antes; cosa bien diferente que en la primera, ya que para ser ilustrador, como todo el mundo sabe, no es necesario saber dibujar. Otras posibilidades son que esa persona acabe sufriendo todo tipo de enfermedades síquicas o alérgicas o desarrolle una nueva religión basada en los olores corporales; por último, también es posible que termine sufriéndolo todo a la vez y se convierta en un iluminado ilustrador con neurosis obsesiva, lo que confirmaría que no es necesario ser un santo para creer en dios.El problema de la representación gráfica de ideas es que siempre es un fracaso, un motivo de frustración. Trata de aprehender la esencia del motivo elegido construyéndole un traje nuevo, pero deviene con facilidad en caricatura plana, en invitado de última hora con ropa que no parece de su talla, en pequeño Frankestain buscando a alguien que le quiera. Cosa extraña este fracaso si nos atenemos al aparente exceso de la demanda. Este mundo es, más que nunca, un mundo “ilustrado”, lleno de interpretaciones visuales de toda clase de temas, noticias y necesidades. Y quizá por ello, es un mundo sumido en la ansiedad de comprender lo que ya se le da como un fracaso. Roto el hilo conductor del sentido, y abocados los “mirones” al collage de imágenes inconexas y tullidas, lo que queda es un balbuceo visual, un ruido de fondo al estilo de la música de baile actual, con zombis retorciéndose tras narcóticas bases rítmicas. Y ahí está el ilustrador (o como quieran llamarlo), encerrado con juguetes de otros, tarareando canciones de otra época y tratando de iluminar lo que la mayoría ya ha oscurecido por inocente desconocimiento o malvados intereses de posición. Intenta, limpiando la mesa de los restos de la cena de ayer, mirar la cosa como si fuera la primera y la última vez. Se dispone a fracasar de nuevo, con cierta alegría, sabiendo que la suma de errores quizá invente una nueva aritmética basada en el milagro, y entonces el dibujo se ponga de pie y se vaya a malvivir su pobre vida que a casi nadie importa.
ANDRE ESTEVAN
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